miércoles, 28 de octubre de 2009

Powaqqatsi - Godfrey Reggio




¿Cómo debe ser la película que sigue a un éxito? ¿Cómo evitar que sea una repetición mecánica de aquello que gustó y triunfó? ¿Cómo lograr que el público no se aparte diciendo que no tiene nada que ver con lo que ya vio? ¿Cómo conseguir evolucionar sin traicionarse?

Todo creador debe hacer frente a esas preguntas, muy pocos consiguen resolverlas. Koyaanisqatsi había dejado el listón muy alto y supongo que el espectador, el día del estreno, al enfrentarse a su película hermana, debió sentir cierta aprensión, la misma que el comentarista.

Observemos entonces el inicio, comparemos las imágenes del principio de ambos filmes. ¿En qué se diferencian? ¿En qué se parecen?

En esta primera escena presenciamos como un inmenso hormiguero humano se afana en extraer tierra de un agujero cuyas dimensiones y profundidad superan nuestro conocimiento. Las pesadas cargas doblan las espaldas, las piernas apenas pueden sostener tanto peso, el calor aplasta a los hombres contra el suelo. No hay descanso, no hay pausas, hay que seguir trabajando, cueste lo que cueste, aunque te desplomes en el camino, aunque tengan que sacarte de allí a hombros tus propios compañeros.

Estamos viendo como unos hombres están siendo explotados. Estamos presenciando como se les reduce a bestias de cargas, como se les obliga a realizar un trabajo degradante que unas máquinas, aquellas que poblaban el mundo de Koyaanisqatsi, podrían hacer fácilmente.

Sin embargo, ni Reggio ni Glass, ponen su énfasis en la denuncia de esta injusticia. La tenemos ahí, delante de nuestros ojos, no es posible negarla, pero cineasta y compositor nos hacen ver algo más. La cámara de Reggio se detiene en la fortaleza de los cuerpos de estos trabajadores, en la voluntad inquebrantable con que se enfrentan a esta esclavitud, en la casi desesperación con que se aferran a la vida, aunque sea el infierno. A pesar de su horror, en este mundo no existe el sentimiento de derrota con que nos despedimos de Koyaanisqatsi.

Con estas imágenes, Reggio recupera la dignidad que estos hombres habían perdido y les eleva a nuestro nivel, los convierte de nuevo en nuestros iguales. No se queda atrás la música de Glass, convertida en un himno que celebra su esfuerzo, utilizando las músicas de las que estos hombres gustan, apresurando su cadencia para reflejar el trabajo enloquecedor al que se les somete.

Con esta introducción ha bastado. Ya no estamos en el mundo moderno, esa región formada apenas por Norteamérica. Europa y Japón. Nuestra mirada se ha dirigido al resto del planeta, al tercer mundo tan olvidado, un lugar donde las máquinas y la tecnología aún no han llegado, donde lo que importa es el hombre, donde no puede existir nada, si no es con el concurso de cientos de manos, con sudor, sangre y lágrimas.

Asimismo, esta introducción permite realizar el cambio de óptica. Este mundo que vamos a explorar es radicalmente distinto al de Koyaanisqatsi, con lo que el espectador puede utilizar esta cinta anterior como punto de comparación con respecto a la nueva, sin que Powaqqatsi resulte disminuida. En efecto, durante toda la cinta se va a producir una doble tensión, primero entre las propias imágenes que nos presenta la película, segundo entre las imágenes de las dos cintas, pero desde un punto de igualdad.

Hemos señalado que el mundo que Powaqqatsi describe es completamente distinto del de Koyaanisqatsi. Esta diferencia radical exige cambios no menos radicales en el estilo. Mientras que Koyaanisqatsi ponía el acento en la tecnología y en sus efectos sobre hombre y naturaleza, en Powaqqatsi la atención se dirige hacia el hombre y lo que puede conseguir con su esfuerzo manual. No se detiene ahí el cambio. Las cámaras rápidas y lentas que en Koyaanisqatsi intentaban mostrarnos los ritmos invisibles que nos rodean, aquí han desaparecido casi por completo. Como ya hemos dicho, el objeto primordial de esta cinta es el hombre y su actividad no necesita de estos recursos para ser mostrada.

No es el único punto de diferencia. En Koyaanisqatsi las secuencias tendían a alargarse, a probar incluso la paciencia del espectador. Debíamos sumergirnos en ellas antes de intentar comprenderlas. Aquí, las secuencias son más cortas, el montaje más apresurado. No es un cambio sin sentido. En Koyaanisqatsi la tecnología uniformizaba el mundo, un solo ejemplo de un lugar concreto bastaba, puesto que un solo lugar era representativo de muchos otros. Powaqqatsi, por el contrario, tiene que reflejar un mosaico de culturas aparentemente dispares y extrañas. Sólo la yuxtaposición rápida de las imágenes puede resaltar las afinidades y semejanzas que entre ellas existen.

Además, en Koyaanisqatsi la energía y el ímpetu ya no pertenecían al hombre, sino a las máquinas y a las obras producidas por ellas. En Koyaanisqatsi, ese poder aún reside en los seres humanos, por lo que este montaje rápido, incluso apresurado, sirve para señalar el dinamismo de las sociedades del tercer mundo, esos inmensos hormigueros humanos, siempre en crecimiento, siempre en transformación, el auténtico lugar donde se está fraguando el destino del mundo, no en Londres, Tokio o Nueva York, como pudiéramos pensar equivocadamente, sino en Karachi, Nueva Delhi o Mombasa.

Pero... ¿cómo es ese mundo que Reggio y Glass nos muestran? ¿En qué se diferencia de nuestro mundo tecnificado y moderno? Casi un tercio de la película está dedicado a su descripción. Si veíamos en Koyaanisqatsi que la tecnología había domeñado a la naturaleza y sometido a sus normas, en Powaqqatsi sucede exactamente lo contrario. Para la inmensa mayoría de la humanidad, vivir significa estar sometido a la naturaleza, ajustar todas las acciones, todas sus obras a sus dictámenes. Esta situación no es una condena, como muestran y demuestran, tanto la belleza de las imágenes de Reggio como los himnos celebratorios con que Glass las acompaña

La vida de estos hombres es la del trabajo manual. La de aquellos que tienen que arrancar a la tierra, con su esfuerzo diario, los frutos de los que van a alimentarse. La de quien no dispone de otra ayuda y apoyo que no sea el suyo propio, el suyo y el de su comunidad, los pocos aldeanos cuyo destino debe compartir. Un mundo agrícola, por y para la tierra, donde no existe el individuo, sino la comunidad

Su vida es también la del hombre religioso Aquél para quien la divinidad está presente en todas las acciones de sus vida, por minúsculas o despreciables de su vida, algo que el hombre moderno ha olvidado. Aquél para quien todas los misterios han sido desvelados por la fe en la que cree y no necesita ni ciencia ni técnica que vengan a ofrecerle respuestas. En este instante, por primera vez, la música de Glass toma tintes ominosos. No es una condena lo que expresan, sino un temor...

Fácilmente podríamos considerar estas vidas como infelices. Al fin y al cabo, viven atados a la tierra, sometidos a la religión, dependientes de lluvias y sequías para su sustento, desprovistos de las comodidades de la técnica. Ellos no lo ven así. Su existencia es dura, pero en cualquier instante puede surgir la alegría, en las fiestas que marcan el calendario agrícola, en las pausas que alivian el duro trabajo.

Así ha sido este mundo durante milenios. Refractario al cambio, aunque éste se producía, múltiple y variado. Orgulloso de sí mismo. Así era en efecto, pero ya no lo es. Nunca más podrá serlo. La ciencia y tecnología han levantado las mismas ciudades orgullosas que veíamos en Koyaanisqatsi y comenzado, también en el tercer mundo, a imponer su retícula geométrica sobre el mundo natural.

No sólo eso, las comunicaciones han roto el aislamiento de estas comunidades agrícolas y a ellas, por primera vez, llegan imágenes de otro mundo, seductoras, portadoras de un mundo mejor, donde no existe necesidad ni pobreza, donde todo es éxito, felicidad y triunfo. Un mundo que ni siquiera existe en el lugar de origen de estas imágenes.

¿Es esto malo? Glass y Reggio no nos dan una respuesta. La música que acompaña a la aparición tecnología es también celebratoria, tan celebratoria como la que nos mostró el mundo tradicional. No podía ser de otra manera, si recordamos a Koyaanisqatsi. No hay nada de malo en la tecnología, trae bienestar, trae salud, trae seguridad, pero, por el contrario, la música que acompaña a las imágenes de ese nuevo mundo prometido es igual de ominosa que la que sonaba con las escenas de la religión tradicional. ¿Son ambas, religión e ideología moderna, igualmente falsas y mentirosas?

No lo sabemos. Aún es demasiado pronto para decirlo. Sólo podemos constatar una realidad. Ninguna sociedad humana actual puede dar la espalda al mundo moderno, encarnado en la ciencia y la tecnología. Ninguna puede ya refugiarse en el camino marcado por sus antepasados desde hace siglos. Simplemente porque ese mundo moderno está imponiendo sus reglas en todos los rincones de la tierra, eliminando la diversidad que encarnaban las diferentes sociedades, convirtiendo a Tokio, Berlín, San Francisco, Buenos Aires, Yakarta, Pekín, Teherán o Bagdad, en ciudades indistinguibles las unas de las otras, cerrando cualquier camino de vuelta.

¿Es esto malo? De nuevo se repite la misma pregunta y de nuevo es imposible dar una respuesta. Sólo podemos afirmar que las sociedades del tercer mundo se encuentran en la encrucijada, suspendidas entre el mundo moderno y el mundo tradicional. Así lo demuestran Reggio y Glass, al recorrer las calles de las ciudades hormiguero del tercer mundo, mostrando como lo moderno y lo tradicional se mezclan y yuxtaponen, aunque su naturaleza es completamente distinta, aunque tal alianza es imposible.

El resultado es un compuesto explosivo, tremendamente peligroso, porque sólo puede desembocar en uno de dos radicalismos, la modernidad por la modernidad o la tradición por la tradición.

Ésta es la gran pregunta, el gran interrogante de los tiempos modernos ¿lograrán las sociedades tradicionales avanzar hacia la modernidad? ¿O la negarán por entero y nos arrastrarán a nosotros con ellos en su involución? Por primera vez desde hace quinientos años, el destino del mundo no está en manos de Francia, Inglaterra o Alemania, convertidas en inmensos asilos, ni siquiera en el enorme poder militar y económico de EEUU. No, la decisión sobre lo que el mundo haya de ser está en el tercer mundo, en sus inmensas poblaciones, en la riada de gente que abandona sus lugares de origen para buscar un mundo mejor.

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Continua en: http://www.trendesombras.com/num1/critica_powaqqatsi.asp

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